La sala acababa de abrir sus puertas. Aún olía a mañana parisina, a preparación, a expectativa. Era una de las muchas visitas que las escuelas y colegios habían programado para esos días, y yo aguardaba con esa mezcla de calma y curiosidad que solo aparece antes de un encuentro inesperado.

Entonces llegaron ellos: un pequeño ejército de pasos cortos, gorros de invierno y miradas que no conocen todavía la palabra “museo”.
No venían a contemplar. Venían a descubrir.

Los vi detenerse frente a mis obras con esa mezcla de desconcierto y fascinación que solo la infancia puede sostener sin esfuerzo. Uno levantó la mano para señalar una sombra colorista de una señora. Otro se inclinó hacia un color como si pudiera olerlo. Una niña, muy seria, parecía estar negociando con un gesto del cuadro, como si quisiera convencerlo de algo.

Y entonces lo sentí: la exposición se transformaba.
París se ampliaba un poco para hacerles sitio.
Mis imágenes, mis sombras, mis gestos, dejaban de ser objetos colgados y se convertían en materia viva en sus mentes grandes manos diminutas.


La satisfacción era doble.
La de ellos, descubriendo mundos que no sabían que existían.
La mía, siendo descubierto por sus miradas y sus curiosa en interesantes preguntas, por su manera de desmontar el arte sin pedir permiso, de reinventarlo sin miedo.

Porque no hay crítica más honesta que la de un niño que se detiene, que sonríe, que señala, que inventa una historia que jamás imaginaste.
Ese instante —lo sabes bien— vale más que cualquier reseña, más que cualquier aplauso, más que cualquier museo.

En ese momento entendí que el arte, cuando llega a los más pequeños, regresa a su origen.
Regresa al asombro.
Y yo, allí en París, fui testigo de ese regreso.

PD: Cualquier parecido con el cuidado del arte como espíritu que germina en los más pequeños en la ciudad de las luces.... en mi ciudad de Pamplona esto sigue siendo Ciencia ficción y los adultos encargados de la cultura siguen sin aprender y eso que deberían venir aprendidos.